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El lobo, el bosque y el hombre nuevo (2)
Indice de materias

  
Seguimos con la publicación del cuento de Senel Paz que sirvió de base para la película de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, Fresa y chocolate

 

Pero esto fue después, los problemas con la exposición de Germán.Ahora estoy en el centro de la guarida, rodeado de santos con dolor de estómago y convencido de haberme equivocado de lugar. En cuanto pudiera tumbarle el Iibro me iría echando. "Siéntate", invitó él, "voy a preparar un té para disminuir la tensión." Fue a cerrar la puerta."¡No!", lo atajé. «Como quieras. así le facilitamos la labor a los vecinos. Siéntate en esa butaca. Es especial, no se la ofrezco a todo el mundo." Pasó aI baño, y por encima del chorro de orine, oí su voz: "La uso exclusivamente para leer a John Donne y a Kavafis, aunque lo de Kavafis es una haraganería mía. Se le debe leer en silla vienesa o a horcajadas sobre un muro sin repellar." Reapareció, aclarando que John Donne era un poeta inglés totalmente desconocido entre nosotros. y que él, el único que poseía una traducción de su obra, no se cansaba de circularla entre la juventud. «Llegará el momento en que se hable de éI hasta en el bar Los Dos Hermanos, te lo aseguro. Pero, siéntate. chico." La butaca de John Donne se hundió hasta dejarme el culo más bajo que los pies, pero con un simple movimiento hallé la comodidad perfecta. «¿Pongo música? Tengo de todo. Originales de María Melibrán, Teresa Stratas, Renata Tebaldi y la Callas, por supuesto. Son mis preferidas. Ellas, y CeIina González. ¿Cuál prefieres?» "Celina González no sé quién es", dije con toda sinceridad y Diego se dobló de la risa. La gente de La Habana cree que porque uno es del interior se pasa la vida en guateques campesinos. "Muy bien, muy bien. Te has ganado el honor de ser el primero en escuchar un disco de la Callas que acabo de recibir de Florencia, con su interpretación de La Traviata, de 1955, en la Scala de Milán. Florencia, de Italia, se entiende." Puso el disco y pasó a la cocina. "¿Cuál es tu gracia? Yo me Ilamo Diego. Siempre me hacen el chiste de Digo Diego. Es como a Antón, que le hacen el de Antón Pirulero. ¿Tú cómo te Ilamas?" «Juan Carlos Rondón, para servirte." Asomó la cabeza. "Que mentiroso, villareño al fin. Te llamas David. Yo lo sé todo de todo el mundo. Bueno, de la gente interesante. Tú, escribes.» Cuando vino con el servicio de té tropezó y me derramó encima un poco de leche. No se tranquilizó hasta que accedí a quitarme la camisa. La lavó en un dos por tres y la tendió en el balcón junto a un mantón de Manila que también llevó del baño. Se sentó frente a mí, y colocó sobre mis piernas un cartucho de chocolatines. "Por fin podemos conversar en paz. Propón tú el tema, no quiero imponerte nada." En lugar de responder, bajé la cabeza y clavé la vista en una loseta. «¿No se te ocurre nada? Bueno, ya sé, te contaré cómo me hice maricón.»

Le ocurrió cuando tenía doce anos y estudiaba en un colegio de curas como interno. Una tarde, no recordaba por qué razón, necesitó encender una vela, y como no encontraba fósforos pasó al dormitorio de los alumnos del último nivel, entrando, sin darse cuenta, por la parte de los baños. Allí, bajo la ducha, desnudo, estaba uno de los basquetbolistas de la escuela, todo enjabonado y cantando «Nosotros, que nos queremos tanto, ¿debemos separamos?, no me preguntes más ...» «Era un muchacho pelirrojo, de pelo ensortijado», precisó con un suspiro, «con esa edad que no son los catorce ni los quince. Un chorro de luz que entraba de lo alto, más digno de los rosetones de Notre Dame que de la claraboya de nuestro convento de los Hermanos Maristas, lo iluminaba por la espalda, sacando tornasoles de su cuerpo salpicado de espuma.» El muchacho estaba excitado, añadió, tenía agarrada la verga y era a ella a quien le cantaba, y Diego quedó fascinado, sin poder apartar la vista del otro, que lo miraba y se dejaba mirar. No hubo palabras: el semidiós lo tomó del brazo, lo volteó contra la pared y lo poseyó. «Regresé al dormitorio con la vela apagada», dijo, «pero iluminado por dentro, y con el palpito de haber comprendido el mundo de sopetón.» El des­tino, sin embargo, le reservaba una amarga sorpresa. Dos días después, al ir a prender otra vela, se enteró de que su violador había muerto de una patada en la cabeza; tratan­do de recuperar una pelota, se había metido entre las patas del mulo que acarreaba el carbón para la escuela, y este, insensible a sus encantos, le propinó una coz fulminan­te. «Desde entonces», concluyó Diego mirándome, «mi vida ha consistido en eso, en la búsqueda del ideal del basquetbolista. Tú te le das un aire.»

Era obvio que conocía a la perfección la técnica de despertar el interés de reclutas y estudiantes, y también la de relajar a los tensos, como aclararía después. Consistía esta última en hacemos oír o ver lo que no queríamos oír ni ver, y daba excelentes resultados con los comunistas, diría. Sin embargo, no avanzaba conmigo. Yo había llegado, como los otros, me había sentado en la butaca especial, como ellos, pero, como ninguno, había clavado la vista en la loseta y de allí no lograba despegármela. Se había sentido tentado a mostrarme la revista pomo que guardaba para los más difíciles, o a brindarme de la botella de Chivas Regal en la que siempre quedaban cuatro dedos de cualquier ron, pero se contuvo, porque no era eso lo que esperaba de mí; y al final de la tarde, cuando comenzó a sentir hambre, comprendió que no estaba dispuesto a compartir conmigo sus reservas, y que no se le ocurría cómo dar por termi­nada la visita. Se quedó callado, pensativo. Había deseado mucho este encuentro, confesaría luego, desde que me vio por primera vez en el teatro interpretando a Torvaldo. Incluso lo había soñado y varias veces estuvo a punto de abordarme en la calle Galiano, porque desde el principio tuvo la intuición de nuestra amistad. Pero ahora yo, tieso y mudo en el centro de la guarida, le resultaba tan soso que empezó a creer que, como en otras tantas ocasiones, había sido víctima de un espejismo, de su propensión a adjudi­carle sensibilidad y talento a los que teníamos carita de yo-no-füi. Realmente le sor­prendía y le dolía equivocarse conmigo. Yo era su última carta, el último que le quedaba por probar antes de decidir que todo era una mierda y que Dios se había equivocado y Carlos Marx mucho más, que eso del hombre nuevo, en quien él depo­sitaba tantas esperanzas, no era más que poesía, una burla, propaganda socialista, porque si había algún hombre nuevo en La Habana no podía ser uno de esos forzudos y bellísimos de los Comandos Especiales, sino alguien como yo, capaz de hacer el ridículo, y él se lo tenía que topar un día y llevarlo a la guarida, brindarle té y conver­sar; carajo, conversar, no estaba siempre pensando en lo mismo, como me lo explica­ría en otra de sus peroratas. «Me voy», dije yo por fin, poniéndome de pie, y lo miré, nos miramos. Me habló sin incorporarse de la silla. «David, vuelve. Creo que hoy no me he sabido explicar. Quizás te he parecido superfluo. Como todo el que habla mucho, hablo beberías. Es porque soy nervioso, pero me he sentido distinto conversando contigo. Conversar es importante, dialogar mucho más. No tengas miedo de volver, por favor. Sé respetar y medirme como cualquier persona y puedo ayudarte muchísimo, prestarte libros, conseguirte entradas para el ballet, soy amiguísimo de Alicia Alonso y me gustaría presentarte un día en casa de la Loynaz, a las cinco de la tarde, un privilegio que sólo yo puedo proporcionarte. Y quisiera obsequiarte con un almuerzo lezamiano, algo que no ofrezco a todo el mundo. Sé que la bondad de los maricones es de doble filo, como apunta el propio Lezama en alguna parte de su obra, pero no en este caso. ¿Quieres saber por qué me gusta hablar contigo? corazonadas. Creo que nos vamos a entender, aunque seamos diferentes. Yo sé que la Revolución tiene cosas buenas, pero a mi me han pasado otras muy malas, y además, sobre algunas tengo ideas propias. Quizás esté equivocado, fíjate. Me gustaría discutirlo, que me oyeran, que me explicarán. Estoy dispuesto a razonar, a cambiar de opinión. Pero nunca he podido conversar con un revolucionario. Ustedes sólo hablan con ustedes. Les importa bien poco lo que los demás pensemos. Vuelve. Dejaré a un lado el tema de la mariconería, te lo juro. Toma, llévate La guerra del fin del mundo, y mira, también Tres tristes tigres, eso tampoco vas a conseguirlo en la calle.» «!No!», dije con una energía que lo asustó. «¿Por qué, David, qué importancia tiene?» «!No!», y salí con un portazo.

Eso estuvo bien, me dije en la calle, aún con el portazo en los oídos: ni quitarle los libros ni aceptarlos como regalo. Y mi Espíritu, que dentro de mí había estado todo el tiempo preocupado se relajó y comenzó a experimentar cierto orgullo por su muchacho, que al final-final no fallaba^Éra lo que esperaba de mí, su joven comunista que en las reuniones terminaba por pedir Ía palabra y, aunque no se expresara bien, decía lo que pensaba y ya Bruno lo había requerido dos veces. Eso, con mi Espíritu, porque con mi Conciencia la cosa no es tan fácil, y antes de llegar a la esquina pedía que le explicara, pero despacio y bien, David Alvarez, por qué, si era hombre, había ido a casa de un homosexual; si era revolucionario, había ido a casa de un contrarrevolucionario; y si eró ateo, había ido a casa de un creyente. Todo esto mientras yo avanzaba, subía arómnibus y asimilaba empujones. ¿Por qué delante de mí se podía ironizar con la Revolución (tu Revolución, David), y ensalzar el morbo y la podredumbre sin que yo saliera al paso? ¿No sentí el carnet en el bolsillo, o es que solamente lo llevaba en el bolsillo? ¿Quién eres realmente tú, muchachito? ¿Ya se te va a olvidar que no eres más que un guajirito de mierda que la Revolución sacó del fango y trajo a estudiar a La Habana? Pero si una cosa he aprendido en la vida es a no responderle a mi Conciencia en situaciones de crisis. En cambio, la sorprendí al bajarme en la Universidad, subir la escalinata a toda prisa, buscar a Bruno, llevarlo a un rincón y preguntarle qué se hace," a quién se le informa cuando uno conoce a alguien que recibe libros extranjeros, habla mal de la Revolución y es religioso. ¿Qué tal ahora. Conciencia? A Bruno le pareció tan importante el caso que se quitó los espejuelos y me llevó a ver a otro compañero, y ten cuanto vi al otro compañero tuve la certeza de que iba a meter la pata otra vez. Tenía, como Diego, la mirada clara y penetrante, como si ese día los de miradas claras y penetrantes se hubieran puesto de acuerdo para joderme. Me pasó a un despacho, me indicó una silla que no era vienesa ni un carajo, y me dijo que cantara. Le dije que nosotros los revolucionarios siempre teníamos que estar alertas, con la guardia en alto; y que por eso, por estar alerta y con la guardia en alto, había conocido a Diego, lo había acompañado a su casa y sabía de él lo que ahora sabía. Enseguida me resultaron sospechosos sus libros extranjeros y sus pullitas. ¿Comprendía? O no comprendía o el cuento no lo impactaba. Bostezó una vez y hasta hojeó unos papeles mientras simulaba escucharme. Y ese es otro de mis problemas: me pongo mal cuando alguien se aburre con lo que cuento y entonces empiezo a manotear y agrego cualquier cantidad de detalles. «El tipo es contrarrevolucionario», enfático. «Tiene contactos con el agregado cultural de una embajada y le interesa influir a los jóvenes.» «Es decir», esperaba que dijera el compañero, «que fuiste a casa del maricón...