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 El derrumbe de Castro

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Cuando Fidel Castro se desplomó la semana pasada en la tribuna, se reanimaron las esperanzas de varios millones de cubanos deseosos de que concluya el régimen que durante cuatro décadas ha suprimido la libertad en la isla y la ha situado en materia de empobrecimiento económico muy cerca de Haití.En efecto, el desmayo de Castro se vio como un preludio de la cercana desaparición física del tirano. Mucha gente en Cuba tiene que haberse alegrado, discretamente, por supuesto, no fuera a ser que la policía o los chivatos del comité advirtieran las manifestaciones de regocijo. En Miami, donde todos los días ejercemos la libertad de expresión criticando a ``la hiena de Birán'' y a los comunistas en el mundo entero, pero nos callamos la boca ante muchas atrocidades que se cometen a nivel local, también hubo un estallido de júbilo. La alegría se reflejaba dondequiera: en los cafés cubanos, en los medios de comunicación en español, siempre ansiosos por congraciarse con la audiencia, en el humor burdo de algunos cómicos, humor que en cualidad pedestre no se diferencia mucho del que se hace en la isla, sólo por el signo político contrario.Más que alegría, el desmayo de Castro en la plaza pública debe incitarnos a la reflexión. Hemos designado a Castro nuestro chivo expiatorio, condición resumida en el slogan de ``No Castro, no problem'', que hace unos años desató una fiebre de calcomanías en los guardafangos de nuestros automóviles. Castro, efectivamente, es el artífice mayor de las desgracias del pueblo cubano en estas cuatro penosas décadas. Pero no es el único culpable, ni creo que su muerte haga desaparecer todos nuestros males.Castro se ha mantenido en su trono de sangre durante un período inexplicablemente largo gracias a la complicidad de una buena parte de la población cubana, de las decenas de miles de compatriotas que respondieron al ``llamado de la patria'' e integraron alegremente escuadrones de policías criminales, grupos de chivatos, turbamultas de abusadores, milicias de represión, legiones de soldados que ensangrentaron el paisaje de Angola, de Etiopía, de Guinea, cuadrillas de espías que se infiltraron en media América Latina, en Estados Unidos, en muchos países más, comités de vigilancia y delación en cada cuadra (``en cada cuadra, un comité'', pedía el cantautor Silvio Rodríguez, y multitudes respondieron afirmativamente a su exhortación). Hoy, muchos de esos ex acólitos del chivo expiatorio disfrutan de un cómodo exilio en Norteamérica o en Europa, sin que se les haya oído una sola palabra de arrepentimiento. La complicidad de tantos cubanos con el castrismo exige un riguroso estudio de la idiosincrasia nacional.Castro no es el único culpable, ni creo que su muerte haga desaparecer todos nuestros malesEn Miami, la porfiada firmeza de nuestra ``postura vertical'' frente a la tiranía cubana ha impedido que estemos realmente preparados cuando llegue el fin del déspota. No tenemos un solo partido político con un programa de transición serio y realista y con un reconocimiento en la isla. El esfuerzo más inteligente y viable en ese sentido, la Plataforma Democrática Cubana, ha pasado al olvido, acallado por nuestra retórica bélica. Todavía hay muchos en Miami que ven con sospecha a la disidencia interna en Cuba, la única esperanza de democracia en el inminente panorama cubano, cuando Castro muera, un desgastado hermano Raúl lo suceda y políticos y militares traten de asegurarse una parcela de poder y privilegios. El discurso beligerante está totalmente desconectado de la realidad, y no hemos sabido aprender gran cosa de otros pueblos que han llevado a cabo transiciones pacíficas y efectivas de la dictadura a la democracia.Temo que a pesar de la alegría por el anunciado fin de Castro, la desaparición del chivo expiatorio no se llevará muchos pecados que nos plagan: el fanatismo político, la intolerancia hacia la opinión discordante, el machismo, el racismo, la adoración del poder, la debilidad de nuestra vocación democrática. Males que el castrismo glorificó y aprovechó en la isla, y que también en gran medida saltaron el estrecho de la Florida. Por eso no basta con la muerte de Castro: hay que sanear además la cultura política de la nación. 

ANDRES HERNANDEZ ALENDE

Publicado el jueves, 5 de julio de 2001 en El Nuevo Herald 

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