El País Digital
Miércoles, 28 de marzo de 2001

  

  

 
 
 
 
 

 

OPINION
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La destrucción del hombre

ANTONIO ELORZA

Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense

 

 

Al salir del cine me acordé de Carmen, que también podría llamarse Concha o Juana. Carmen era una mulata dentona, entrada en los cuarenta, muy simpática, a la que la productora francesa había contratado en París para servir de intérprete en el documental sobre Fidel para TF-1 del que yo era asesor histórico. Decía ser una exiliada, pero en realidad, como tantos otros cubanos dentro y fuera de la isla, era una segurosa, un miembro de los servicios de información castrista, y su colaboración bien pagada tuvo en consecuencia por efecto que a lo largo de cuarenta días en Cuba el equipo allí desplazado no pudiera filmar otra cosa que discursos oficiales. Eso sí, la Seguridad cubana tuvo la gentileza de proporcionarle otra mulata más joven al director francés del reportaje, partidario desde entonces de cualquier concesión con tal de volver a las interminables sesiones de cama que disfrutara en el verano tropical del 99. Carmen se esfumó a partir de entonces y el documental, una vez terminado y exhibido en Francia y en otros países, fue rechazado en España por nuestra hiperprogresista televisión oficial. Sin duda no era políticamente correcto, dado su sentido crítico, para la curiosa convergencia de puntos de vista aquí imperante entre una izquierda jurásica y los intereses hoteleros tipo Meliá que hacen su agosto en la isla.

 

 

Sexo, delación, represión en el interior; complicidad cínica en medios liberales del mundo democrático. Son los ingredientes con los que compuso Reinaldo Arenas su autobiografía, Antes que anochezca, con una atención especial hacia el último aspecto, sobre la base de su experiencia personal de diez años en los Estados Unidos, desde la salida con los marielitos a la muerte en 1990. Cuestión que ha sido del todo omitida en la versión cinematográfica. No sólo son un sentimiento de soledad en 'la ciudad desalmada' que es Nueva York y la desesperación provocada por el sida lo que genera el hundimiento del escritor, quien todavía en 1988 toma la iniciativa de redactar una carta colectiva a Fidel para que siga el ejemplo de Pinochet convocando un plebiscito. Arenas percibe que la condición de exiliado militante resulta paradójicamente un estigma para unos medios universitarios norteamericanos en los que sigue pensándose que Castro es el último revolucionario auténtico. Arenas fue hundiéndose, pero sin renunciar a una permanente actitud de oposición a la dictadura. En la película se recoge su frase de que tanto en el capitalismo como en el socialismo te dan una patada en el culo, sólo que en éste tienes que aplaudir y en el capitalismo puedes gritar. Resulta suprimido el final de la frase: 'Yo vine aquí a gritar'. De este modo, el Arenas del exilio nortemaricano es presentado injustamente como alguien pasivo. 'Grito, luego existo', fue su lema en los años ochenta, y que el filme no lo haya recogido constituye una cierta forma de traición.

 

 

No es menos penoso que en estas mismas páginas, coincidiendo con la salida de la película, la imagen de Reinaldo Arenas haya sido confiada a alguien irritado porque en Antes que anochezca su padre salga malparado. No en exceso, podría decir el lector neutral. En cualquier caso, resulta impresentable escribir que en ningún lugar hubiese encontrado Reinaldo Arenas un ambiente 'menos hostil' que en Cuba dado su carácter. ¿A qué le llama quien tal cosa escribe 'hostilidad'? ¿Dónde, fuera del gulag, a esas alturas del siglo hubiese podido alguien sufrir un encarcelamiento tan inhumano? Desde luego, ni siquiera en la España de Franco, que no se caracterizaba precisamente por su tolerancia hacia los disidentes. En consecuencia, pienso en Carmen, en Concha o en Juana, o como se llamase, y en la posibilidad de que apenas puesta en exhibición la película el pulpo castrista despliegue todos sus tentáculos para anular el posible impacto político de Antes que anochezca, favorecido por la inesperada nominación al Oscar de Javier Bardem. No deja de sorprender que los comentarios se centren en el trabajo del protagonista, justamente ensalzado, y en la torpeza de la realización, no menos justamente subrayada. La crítica de Ángel Fernández-Santos sería una buena muestra de este planteamiento, con el cual cabe coincidir al cien por cien desde la perspectiva del producto cinematográfico. Pero es que Antes que anochezca es también un grito de acusación, lúcido y desesperado a un tiempo, contra un régimen político que no sólo ha traicionado sus promesas de emancipación, sino que ha construido un infierno para todo aquel que exprese una forma de disidencia.

 

 

Con este fin escribió Reinaldo Arenas una autobiografía que es, en sentido estricto, una automoribundia, y el mínimo respeto a un autor consiste en protestar si es necesario, y parece que lo es, contra todo intento de desviar la cuestión hacia los aspectos de forma, por no hablar sobre los problemas de carácter, si era tímido, viperino, hipocondriaco o colérico. Por lo demás, el propio Arenas es claro al respecto. Informa en el libro al lector sobre sus goces, vicios, apetencias, demasías y obsesiones hasta el aburrimiento. Era un homosexual insaciable, lo que en cubano se llama un pájaro de infinitos vuelos. La servidumbre del sexo constituía su forma primaria de libertad; de ahí que rechace su práctica en los años de cárcel. Pero al mismo tiempo poseía un insobornable sentido de la responsabilidad en su trabajo intelectual y en su actitud política.

 

 

Por uno y otro lado, Arenas resultó inasimilable para la dictadura castrista. Homosexual o no, su puesto estaba con Lezama Lima y con Virgilio Piñeiro, nunca con Cintio Vitier, Nicolás Guillén o Roberto Fernández Retamar. Frente a una actitud tan definida, poner por delante estimaciones de psicología elemental sólo puede hacer el juego de la tradicional propensión del castrismo a destruir como sea la imagen de todo crítico. 'No tenemos un país, sino un contrapaís -explicaba Reinaldo Arenas-; la burocracia de Fidel Castro, siempre dispuesta a todo tipo de intrigas y componendas para aniquilarnos intelectualmente y si es posible físicamente'. El resultado es la tentación a dejarse vencer por la cobardía, dada la inseguridad económica, incluso en el exilio.

 

 

Es claro que la carga de torpeza técnica y de inhibiciones en la película puede servir de coartada para desplegar una cortina sobre su contenido político. Por fortuna, la interpretación esplendorosa de Javier Bardem salva con creces este vacío. No sólo se trata de que el trabajo del actor llene constantemente la pantalla y nos haga olvidar las deficiencias de la cámara, del guionista y del propio realizador, sino que, adaptando la fórmula de Stendhal la expresión de Bardem se convierte en el espejo sobre el cual inciden las imágenes de un poder político dotado de un inmenso potencial de destrucción. Con frecuencia, en los vuelos transoceánicos, renuncio a ponerme los auriculares para así apreciar mejor la pobreza expresiva de algunos actores. En este caso, es todo lo contrario. Casi no harían falta las palabras y a veces las imágenes inadecuadas del entorno podrían emborronar más que aclarar lo que la entonación de voz y el gesto de Bardem refieren por sí mismos. Desde este punto de vista, la pobreza del lenguaje cinematográfico que rodea al protagonista llega a convertirse en algo positivo, ya que permite resaltar la absoluta soledad del hombre sometido al proceso de destrucción desde el poder.

 

 

Porque el castrismo no es sólo un régimen de orientación totalitaria, sino también lo que Robert Jay Lifton, pensando en la China de Mao, definió como un 'totalismo', un sistema permanente de control de los comportamientos de los habitantes de la isla, apoyado en una trama de delación que abarca también a todo aquel relacionado con los asuntos cubanos, y en un ejercicio no menos continuo de manipulación y destrucción de quienes incurren en lo que el poder define como conductas desviadas. Es lo que me contaba un amigo bañista hace años en la playa de Santa María: 'En otros países comunistas te oprimen, te revientan, lo aguantas y ya está. Aquí tienes que tomar parte activa en tu propia opresión'. El enjambre de personajes que rodean a Reinaldo Arenas, especialmente en el libro, cumplen en una alta proporción esa exigencia. Son perseguidos, castigados, y al mismo tiempo delatan, se benefician de la persecución que sufre el amigo más cercano, con la cual colaboran. Cuba, bajo Castro no ha sido un eterno Baraguá de libertad y de socialismo, sino un espacio sometido a un régimen de delación generalizada, y por consiguiente, de envilecimiento y de destrucción del hombre.

 

 

Envilecimiento también para los 'legitimadores' que toleran la prohibición de las propias obras y se dedican a impulsar la fabricación de dulces rojos para los happy few de La Habana. Para quienes tienen que informar y se van por las ramas siempre que pueden contando el cuento de la Isla Feliz. Claro, que si no juegan el juego, éste termina abruptamente con la condena y la exclusión. Fidel no admite bromas, salvo para conseguir dólares que le permitan mantenerse en el poder. Aquel que quiera jugar por su cuenta, sea en el terreno sexual o en el de la creación, sabe lo que le espera: la destrucción. En Antes que anochezca, Javier Bardem consigue transmitir inmejorablemente ese mensaje, aun cuando él también apuntara, días antes de la ceremonia, que si le dieran el oscar, quizás pediría desde el escenario el fin del embargo y medicinas para Cuba. En homenaje a Reinaldo Arenas, ¿no sería mejor pedir además y en primer lugar la libertad para los cubanos?

 

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