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 Del Bitongo al Marginal
 
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La Habana.- El régimen comunista cubano, como todo sistema totalitario, se empeñó desde sus inicios en remodelar a los ciudadanos conforme a su ideología. Por una parte, valiéndose de una propaganda intensiva a través de los medios masivos de comunicación. Por la otra, aprovechó las expectativas generadas en amplios sectores del pueblo, que veían en el proyecto revolucionario una respuesta a muchas de sus inquietudes sociales. Este programa de control provocó un proceso sistemático de destrucción de los elementos constitutivos de la nación, que abarcaron desde la eliminación de tradiciones populares como las Navidades y otras festividades religiosas, hasta la tergiversación de la Historia.

          Se impone un nuevo lenguaje desde el poder que permite dominar a las masas. Así, el vocabulario se reduce para evitar una racionalización por parte del ciudadano. Términos como "patria" o "nación" empiezan a ser identificados con la revolución; por lo tanto, ser cubano es ser revolucionario. Los enemigos de la revolución son "gusanos", "agentes del imperialismo yanki". Aquéllos que insistían en mantener los valores morales y culturales de la etapa pre-revolucionaria fueron calificados de "bitongos", o sea personas flojas y superficiales que se empeñaban en vestir de cuello y corbata, mantener buenos modales, tener preferencias artísticas ajenas a la nueva sociedad: donde la cuchara destronó al tenedor.

          Refiriéndose a estos sistemas, alguien escribió: "El criterio particular del gobierno totalitario es la violación rastrera del hombre mediante La perversión de su pensamiento y vida social". Hoy vemos con tristeza cómo la sociedad cubana se ha convertido en una sociedad marginal, donde la grosería y el lenguaje de las prisiones se ha instalado en los hogares, perdiendo terreno la espiritualidad frente a un materialismo que tiene que ver más con la supervivencia que con el disfrute de placeres mundanos.

          Si aceptamos que el vocabulario está íntimamente ligado con la evolución de la psicología social al reflejar sus sentimientos y estados de ánimo, haciendo un inventario de las palabras más usadas por el cubano de hoy percibimos la terrible miseria existencial en que está sumido nuestro pueblo.

          Veamos el vocablo "luchar". Significa: asegurar la subsistencia por cualquier medio, sin importar mucho si es lícito o no. A las jineteras (prostitutas) también se les llama "luchadoras". "Resolver" es solucionar la subsistencia. Se "lucha" para "resolver".

          "No es fácil" refleja un convencimiento que comparten el disidente y el militante comunista, el que tiene más y el que tiene menos, porque sencillamente "no es fácil" vivir en Cuba.

          "Escapar", en Cuba todos tratan de escapar, de la miseria, de la opresión, de una vida que para muchos se divisa sin esperanzas. Se "escapa" saliendo del país por cualquier vía, a través del alcohol y de las drogas. Algunos "escapan" suicidándose. Al funcionario de magro salario se le dice cuando se le entrega la dádiva corruptora: "Toma, para que escapes".

          El individuo representa su realidad a través de dichas locuciones o formas verbales, que se convierten en arquetipos lingüísticos de la conciencia colectiva; por eso al alejarse el discurso oficial de esta realidad, las consignas y propuestas del régimen no pueden plasmarse en el léxico popular y actuar como elemento de dominio ideológico.

          Esta es la razón por la que existe un completo divorcio entre lo que se dice, lo que se piensa y se comenta con las personas de confianza. Sólo a través de la centralización económica y la represión puede el régimen mantener una ficción de apoyo popular dirigida fundamentalmente al exterior. La dictadura ha perdido la capacidad de comunicarse con las masas; en el pecado encontró la penitencia.

          Es necesario que todas aquellas personas que favorecen una transición democrática en Cuba comprendan la necesidad de elaborar proyectos que tengan en cuenta las verdaderas condiciones de una sociedad que "lucha" por encontrar el camino de la felicidad y así "escapar" de una pesadilla, que dura más de cuatro décadas, para aunque "no sea fácil" resolver el futuro.

Pablo Silva Cabrera

12 de septiembre de 2000
Enviado   por Cuba Net
LavozdeCubaLibre@aol.com
 

 

La "cultura" socialista acabó hasta con el lenguaje.

Cultura de la marginalidad

Pedro Crespo, Grupo Decoro

LA HABANA, junio - Hace algún tiempo el doctor Salvador Bueno, presidente de la Academia Cubana de la Lengua, alertó sobre el vertiginoso deterioro del lenguaje en nuestro país usando palabras que no dejan lugar a dudas acerca de la dimensión del problema. "Ya los cubanos no articulamos", aseguró el doctor Bueno, "y nuestro idioma nacional lo hablamos tan mal, que llegará el momento en que no podremos entendernos con otros hispanoamericanos".

Pero sabemos que el lenguaje es sólo una rama más de ese concepto-árbol que denominamos "cultura" y, en realidad, habría que preguntarse hasta dónde el fenómeno señalado es uno de los terminales de una crisis de valores mayor que probablemente tenga un carácter global. Urge, pues, echar una mirada al cubano común para clarificar sobre algunos patrones de comportamiento social que comienzan a ser típicos.

Y es que al margen de la indisciplina social efervescente en los períodos de crisis económicas -con sus consabidas manifestaciones de desorden- existen señales que apuntan a un florecimiento en nuestro país de una cierta "cultura de la marginalidad". En tal sentido debemos reconocer la presencia de un orden de valores que hace andar sin camisa por las calles, agruparse en las esquinas para beber ron, expresarse con el léxico de "asere", perder la caballerosidad y la medida de lo correcto y ser agresivo ante el más ligero roce con el compatriota.

Ese mismo orden nos ha hecho dejar de ser pícaros en el humor para aprender a reír con lo vulgar y en cierto modo estamos "descubriendo el Mediterráneo", pues es palpable sociológicamente, que la cultura del "asere" constituye un pesado componente en el modo de proyección del cubano común. Naturalmente, en el estricto sentido dialéctico el cubano no puede ser el mismo de hace medio siglo, pero debemos preguntarnos por qué causas se han asimilado patrones marginales de lenguaje y comportamiento que no son los más favorables para el desempeño de una vida ciudadana cabal.

Sería ingenuo obviar que la más contagiosa variante de la música popular cubana, la salsa, que hoy vive acaso su "boom" como género, ha obrado en ocasiones como un eficaz portador de ese espíritu de marginalidad. Y es que la música popular crea, como ninguna otra, ídolos, modas, estereotipos de lenguaje y comportamiento, y modula de hecho los gustos de la juventud. Al respecto, es bizantino enumerar cuántos de entre los temas salseros cubanos han sido insultantes para la mujer con su uso lascivo del calificativo de "loca", y caben asimismo un buen número de giros groseros que han acabado por usurpar el lugar del estribillo cubanísimo, ése que es fino en su picardía y pegajoso por la gracia.

Pero la música popular no es en modo alguno la causa de este fenómeno de sublimación de lo marginal, sino una consecuencia más. De hecho, arraiga la convicción de que muchos músicos observan atentamente esta tendencia gozosa a las manifestaciones de la marginalidad, para luego trabajar en función de satisfacer un gusto que al mismo tiempo retroalimenta a las fuentes artísticas y cierra un círculo de mentalidades. Y es que los orígenes de una cultura expansiva de la marginalidad en Cuba están en un conjunto de razones económicas, sociales e incluso en determinado momento políticas -si no olvidamos la feroz lucha de clases de los primeros años de la revolución y su consecuente inversión de valores- de extraordinaria imbricación entre sí.

"La Historia es acontecimiento", nos diría al respecto el filosófico Herman Hess, "y carece de importancia el hecho de si estuvo bien o si mejor hubiera sido que no existiese". Mas, de cualquier manera y en última instancia, queda el hecho de que los patrones de marginalidad no se corresponden con los de aquel "hombre nuevo" que se aspiró a formar cierta vez.

Pero llegados al punto de juzgar los daños que provienen de una cultura expansiva de la marginalidad, cabría preguntarse si ella a largo plazo disuelve o no los valores históricos de la nación. El cuerpo ético del "asere" tiende a excluir las nociones de conciencia cívica y social, y también puede suponerse que destierre otro tipo de percepción que vigorice el espíritu de un pueblo, pues cuesta trabajo creer que el hombre ganado por la marginalidad llegue a ser depositario de las enseñanzas dejadas por los patricios de nuestra historia. Sencillamente, una ramificación de los peores valores compromete Memoria e Historia, por cuanto la nacionalidad está sustentada sobre el conocimiento y la creencia en las tradiciones cívicas, históricas y patrióticas del país.

Por añadidura, cabe señalar el carácter dual y oportunista de la ética asociada al "asere", quien asistirá a cualquier festival de "reafirmación revolucionaria" en busca de música y alegría, como también participará de la indisciplina social siempre que exista ocasión para ello.

De tales reflexiones emerge la terrible conclusión de que los rasgos más genuinos de un pueblo pueden involucionar a influjos de una cultura de la marginalidad en expansión. Y muy preocupante sería la seudocultura del "asere", que es la que hace vociferar "Hey you, Loca" al paso de una mujer, prenda de la juventud cubana.

19 de junio de 2001

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