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LITERATURA CUBANA FINISECULAR: UN BALANCE POSIBLE

Es curioso cómo los fines de siglo -del XVIII a la fecha- han coincidido con períodos favorables para el desarrollo de la literatura cubana. Las décadas finales de estas centurias han sido testigos de diversos procesos de maduración y creatividad que han marcado algunas de las etapas más pródigas, complejas y definitorias de la literatura nacional. 

Los años finales del setecientos, por ejemplo, propiciaron el florecimiento de una tímida pero importante llegada del iluminismo a la isla, que significativamente preparó el terreno para el surgimiento de las primeras muestras de una literatura que ya podía ser considerada como esencialmente cubana, luego de tres siglos de presencia hispánica en la isla. Este proceso, que es estimado por los estudiosos de la nacionalidad cubana como el origen ya visible de una primera conciencia nacional, distinta a la metropolitana, tiene algunos de sus catalizadores en la fundación de instituciones tan importantes como la Sociedad Económica de Amigos del País y del primer periódico cubano, El Papel Periódico de la Habana, instituciones alrededor de las cuales aparecieron los que, para muchos, son los primeros poetas cubanos, Manuel de Zequeira y Manuel de Rubalcava, influidos por el neoclasicismo europeo, pero autores de poemas en los que lo cubano ya se hacía presente. 

La décadas finales del XIX, por su parte, luego de la paz precaria lograda tras del Pacto del Zajón y con el ambiente conspirativo que culminaría en la guerra independentista iniciada en 1895, fueron el espacio crítico propicio para la maduración de dos procesos estéticos de enorme trascendencia para la literatura del país (e incluso de la lengua): de un lado la conformación definitiva de su novelística, forjada entre el costumbrismo, el romanticismo tardío y el realismo, gracias a novelas como Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde, junto a la cual aparecen las obras de Ramón Meza, Nicolás Heredia, etc.; y, por otro camino, la culminación del modernismo poético americano, que tiene en Cuba a dos cultores de la talla de José Martí y Julián del Casal -quienes, junto a Rubén Darío, forman el trío magnífico de esa tendencia poética, la primera totalmente forjada en tierras americanas y con capacidad para influir las viejas escuelas europeas. 

No es casual, por supuesto, que esos dos períodos finiseculares, convulsos y agónicos, pero a la vez feraces para la cultura, generaran dos de los eventos más importantes de la historia del país: la forja de los primeros caracteres diferenciadores de una nacionalidad y, cien años después, el nacimiento de una república cubana, oficialmente independiente -aunque mediatizada por la intervencionista Enmienda Platt. 

Ahora, apenas a cuatro años del siglo XXI, la literatura cubana vive otra vez uno de sus momentos más interesantes como fenómeno estético y social, al tiempo que el país, en lo económico y en lo político, se ve abocado a transformaciones de impredecibles consecuencias, que pueden cambiar la faz de la sociedad cubana para la entrada en la próxima centuria. Y es que una oscura pero determinante relación entre las esferas de la cultura, por una parte, y la economía y la política, por otra, parecen alentar, nuevamente, un auge de creatividad propio de estos fines de siglo -en lo que ya pudiera ser una característica cíclica de la literatura cubana. 

CRISIS Y DIÁSPORA, SIGNOS DE LOS TIEMPOS 

La década del 90 se abrió para la vida cubana con la instauración de un llamado "período especial en tiempos de paz", nombre tras el cual apenas se escondía un fenómeno con un nombre muy concreto y de efectos previsibles: crisis económica. Esta crisis, por la que todavía transcurre la economía cubana, trajo entre sus primeras consecuencias la virtual paralización de la industria editorial y poligráfica del país, que en el decenio precedente había vivido uno de sus momentos de esplendor -coincidente, por cierto, con la emergencia de una nueva promoción de escritores que, desde sus primeros textos, revelaban una actitud estética diferente de la que caracterizó a los años 70. 

Así, en el año 1991, con la falta del papel tradicionalmente importado de la Unión Soviética, se produce una drástica reducción en la circulación de periódicos y revistas, junto a la desaparición de varios órganos culturales de larga historia y notable importancia en el contexto cultural de la isla. Paralelamente, las editoriales del país ven agotarse su producción y, en varias de ellas, se dejan de aceptar nuevos originales. Los caminos para los escritores cubanos que viven en Cuba parecen cerrarse entonces, hasta que, a partir de 1994-95, se comienza a producir una tímida revitalización de la vida editorial en la isla, todavía insuficiente para las expectativas de los escritores y los lectores. 

La quiebra productiva de la industria cubana del libro fue tan violenta que se trataron de hallar soluciones desesperadas al vacío y la demanda que dejaban las cifras de 2.500 títulos anuales (en todas las literaturas) que se publicaron en los años 80. Primero fueron las tristes plaquettes, hechas de recortería, que albergaban algún cuento o grupo de poemas, mal presentados y peor distribuidos. Luego fueron apareciendo opciones de coedición con instituciones extranjeras, que tuvieron un momento especialmente grato con la publicación en 1994 de los cien pequeños volúmenes de la colección Pinos Nuevos, financiada por autores y editores argentinos; más tarde, la creación de un Fondo Para el Desarrollo de la Cultura, que destinaba ciertas cantidades de divisa a esta esfera intelectual y que propició la aparición de colecciones como La Rueda Dentada, para textos de poco volumen, de los cuales se han publicado ya una cantidad estimable. 

En cualquier caso, de aquellos promedios milenarios de títulos y millonarios de ejemplares sólo quedó el recuerdo: así, en 1994, a pesar de todos los esfuerzos, apenas se alcanzó los 300 títulos, y en 1995 se llegó a unos 400 y algo más de un millón de ejemplares. 

Sin embargo, este período crítico -no sólo para la poligrafía, como se sabe- engendró varios fenómenos que distinguirían el actual desarrollo de la literatura cubana. 

El primero de ellos, sin duda, fue la necesidad que se impuso a los escritores de buscar soluciones editoriales fuera de las fronteras de la isla. Así, la literatura cubana, que había vivido casi al margen de los mercados internacionales, tiene por primera vez en varias décadas que volver a enfrentar el reto de la competencia y la búsqueda de espacios editoriales, desafío para el cual no parecía estar preparada. Por eso la primera opción de los escritores fue poner la vista en concursos internacionales que, además de dinero, les dieran posibilidades de publicación, y se produce entonces una verdadera avalancha de intentos, premiados muchas veces con reconocimientos en algunos de los más importantes certámenes de cuento, poesía, ensayo y novela de la lengua española. 

No es casual, por ejemplo, que en el concurso de cuentos más reconocido entre los autores iberoamericanos -el Premio "Juan Rulfo", patrocinado por Radio Francia Internacional y el Centro Cultural de México en París- desde su fundación en 1984 hasta 1989, no apareciera ningún cubano entre los galardonados. En cambio, a partir de 1990, cuando Senel Paz obtiene el máximo galardón con su relato "El bosque, el lobo y el hombre nuevo", se dio una especie de clarinada y los cubanos se hicieron figuras imprescindibles en el certamen. Así, entre 1991 y 1995 obtuvieron algunos de los premios de este concurso los escritores Jesús Díaz, Arturo Arango, Reynaldo González, Miguel Mejides y Reynaldo Montero. En este período, además, otros autores obtienen reconocimientos de relevancia, como el premio de poesía "Rafael Alberti" que mereció José Pérez Olivares; el Premio Planeta-México (Joaquín Mortiz) que se lleva Daniel Chavarría con su impresionante novela El ojo Dyndimenio; o el reconocido galardón teatral "Tirso de Molina" que merece el dramaturgo, poeta y narrador Abilio Estévez, entre otros. 

Al mismo tiempo, se produce una búsqueda de espacios editoriales -cada vez más menguados, comercializados o exclusivos en países como España y México-, que tiene escasas pero notables compensaciones. Tal vez la más visible de todas haya sido la cantidad de antologías de cuentos y poesía publicadas fuera de Cuba en este período, lo que, además de mostrar la calidad de que hoy disfrutan esos géneros en el país, advierten de su interés en otros mercados de la lengua. En el caso del cuento, antologías como El submarino amarillo, publicada por la UNAM, en México, La isla contada, editada en España por la casa vasca Gacoa, o A labbra nude, impresa por Feltrinelli en Italia, han obtenido una notable recepción crítica en la que se ha llegado a afirmar, incluso, que la más potente cuentística contemporánea de la lengua es, precisamente, la cubana. 

Sin embargo, en la búsqueda de espacios editoriales los autores han encontrado valoraciones extraliterarias que tradicionalmente han gravitado sobre la literatura y el arte que se hace e la isla y en las que el factor político juega un papel cada vez más importante, y que a veces se traduce, incluso, en la facilidad editorial para los autores que abandonan la isla y la dificultad para los que aún viven en ella, con independencia, muchas veces, de la calidad artística. 

No es casual, entonces, que el fenómeno de la crisis poligráfica y económica de la isla, junto a la búsqueda de mercados editoriales foráneos signados a veces por un factor ideológico, haya traído como resultado el éxodo de muchos escritores cubanos que, bien por motivos políticos o sólo por razones económicas, deciden emigrar en busca de ambientes más propicios para el desarrollo de su carrera. Una larga lista en la que aparecen escritores como Jesús Díaz, Lisandro Otero, Manuel Pereira, Manuel Díaz Martínez, Luis Manuel García, Eliseo Alberto Diego, Zoe Valdés, Norberto Fuentes, Ramón Fernández Larrea, León de la Hoz y un extenso etcétera se lanzan a un exilio (que recorre diversas posiciones políticas, que van del enfrentamiento abierto al silencio tranquilo), en el que nutren la ya por entonces abultada relación de autores cubanos radicados en el exterior, entre los que figuran los nombres de Guillermo Cabrera Infante, Edmundo Desnoes, Gastón Baquero, Antonio Benítez Rojo, Roberto González Echevarría, y tantos otros -muchos de ellos ya muertos fuera de la isla, como Severo Sarduy, Reynaldo Arenas, o esos clásicos de la literatura cubana que son Jorge Mañach, Lydia Cabrera, Labrador Ruiz, Lino Novás Calvo o Carlos Montenegro... 

El crecimiento geométrico de la diáspora es, entonces, otro de los signos de los nuevos tiempos y entre sus consecuencias inmediatas está la apertura del núcleo de la literatura nacional (cuyo lógico espacio es la isla), que al dispersarse, ha perdido gran parte de su relación de continuidad y contigüidad, por lo que para los estudiosos resulta prácticamente imposible establecer coordenadas de sistematicidad debido a que el acceso a esa literatura enfrenta la dificultad de la dispersión en varios países y la imposibilidad de su circulación en Cuba. Por supuesto, esta dispersión provoca una real sensación de vacío, que se manifiesta además en términos de edición y circulación. Este vacío sin embargo, es pasajero en cuanto a creación global, pues con independencia de sitios de residencia y filiaciones políticas, todos esos escritores mantienen -incluso a pesar de ellos mismos o de las instituciones oficiales cubanas- una relación de pertenencia con una literatura nacional que está por encima de voluntades políticas más o menos permanentes: la de estos autores sigue siendo literatura cubana y como tal debe ser asumida por los que valoran los procesos culturales. 

Entre los efectos a largo plazo de esta diáspora, mientras tanto, está la más peligrosa ruptura de una relación del escritor con su ambiente natural (geográfico, cultural, lingüístico), del que generalmente se nutre y al que suele dirigirse, lo cual puede obligarlo a un lamentable desarraigo que, en general, no ha sido especialmente favorable para los autores emigrados en las últimas décadas, cuyas obras -las más de las veces- han quedado estancadas entre la nostalgia y el resentimiento político, ingredientes que aplicados en exceso suelen ser fatales para la obra artística -como es evidente en un autor de la talla de Guillermo Cabrera Infante, definitivamente anquilosado por la neurosis de la lejanía y el odio exacerbado. 

Así, mediada la última década del siglo, la literatura cubana se presenta como un cuerpo escindido, difuso, sin la necesaria interactividad entre el autor y sus lectores naturales y con el factor político gravitando como una nube oscura y persistente sobre las proposiciones estéticas de muchos escritores de hoy. 

LOS ESPACIOS POSIBLES 

La crisis y la diáspora son, sin embargo, sólo los fenómenos más visibles y lamentables de una evolución artística cuyo signo más característico, tal vez, sea la ganancia de espacios de reflexión y análisis por la más reciente literatura de la isla. 

El hecho de que la literatura escrita en Cuba durante las décadas del 60 al 80 dependiera para su publicación casi exclusivamente de su aceptación por las editoriales cubanas -todas estatales, como se sabe- impuso normas de censura y autocensura que gravitaron sobre la creación artística, determinándola incluso. Esta situación se hizo particularmente visible en la década del 70, cuando las valoraciones ideológicas se impusieron de un modo más férreo y se exigió, desde posiciones reductivistas y ya como política cultural, la creación de una literatura "revolucionaria" -en su forma y en su contenido, como solía decirse entonces- que de algún modo trató de alentar la existencia de un realismo socialista cubano, que llegó a fraguar en obras y autores hoy totalmente olvidados. Pero esa coyuntura alentó, lógicamente, la elaboración de aquella literatura reafirmativa en términos políticos, de la cual desaparecieron todos los conflictos capaces de problematizar, verdaderamente, las circunstancias de la realidad cubana. 

Pero la década de los 80, con la llegada de una nueva promoción de escritores, produjo cambios importantes en las perspectivas ideológicas de la literatura cubana, al tiempo que una flexibilidad mayor en la política cultural permitió una cierta dosis de crítica y problematización de la realidad dentro de la creación literaria. 

No obstante, la estrecha relación escritor-instituciones estatales se mantuvo y sólo la incapacidad de respuesta por parte de las editoriales cubanas, en los 90, permitió su ruptura y, con ella, una notable ganancia de independencia del artista con respecto al Estado (que hasta entonces no sólo lo editó, si no también lo promovió nacional e internacionalmente en muchos casos). Pero, con la distancia entre esos dos polos llegó a la literatura cubana una posibilidad de exploración en nuevos espacios temáticos y argumentales antes vedados -la marginalidad, el homosexualismo, la corrupción en las esferas oficiales, la prostitución, el desencanto, el exilio, etc.- con una perspectiva crítica e interrogativa que, en las nuevas circunstancias, casi siempre ha sido asimilada con sabiduría política por las esferas burocráticas y de poder. 

A estos nuevos espacios de reflexión y creación se debe, sin duda, la existencia de muchas obras que desde perspectivas antes inéditas analizan, enjuician o simplemente reflejan lados oscuros de la sociedad cubana, en un tardío aunque necesario balance con la memoria o en una indagación en la contemporaneidad. 

TENDENCIAS Y ANTITENDENCIAS

Ahora bien, ¿qué literatura se escribe bajo estas nuevas realidades, relaciones y condiciones? 

Como antes queda dicho, cualquier acercamiento a la actual literatura cubana corre el riesgo de ser parcial en la medida en que la circulación de obras se ha dispersado, a lo que se suma la circunstancia de que muchas piezas, escritas en estos años, aún no han tenido su posibilidad editorial por razones económicas ya más que conocidas. No obstante, ciertas regularidades provisionales se pueden establecer, de acuerdo a comportamientos generales de los textos publicados y conocidos. 

Así, una de las características de la actual literatura cubana es la preponderancia de los géneros "breves" - la poesía y el cuento- sobre los extensos - la novela y el ensayo -, lo que guarda relación no sólo con una tradición ya establecida de amplio cultivo de la lírica y el relato breve en el país, sino que responde en gran medida a la necesidad de los escritores de establecer un vínculo de inmediatez entre la literatura y su contexto contemporáneo específico. 

La inexistencia de una reflexión sostenida sobre aspectos álgidos de la vida cubana en los medios de prensa -con excepción de algunas publicaciones culturales y de pensamiento, como las revistas Temas, La Gaceta de Cuba y Unión, que suelen ocuparse de algunas problemáticas tradicionalmente relegadas- ha hecho sentir la obligación a muchos autores cubanos de transferir a su literatura la necesidad del diálogo con su presente que tendría su mejor espacio en la prensa cotidiana. Esta interrelación, que puede llegar a ser reduccionista entre arte-realidad, dicta entonces pautas y urgencias, y ha propiciado la presencia casi permanente de la realidad más inmediata en un sector significativo de la literatura actual, sin que por ello -en los ejemplos más atendibles, claro está- se haya creado un nuevo costumbrismo que se agote con la propia circunstancia que lo engendró. Por el contrario, poetas y narradores se han lanzado desde la estética a una reflexión ética -y a veces política- de un mundo cambiante que, de algún modo, exige su valoración y que encuentra en el arte un espacio posible. Junto a esa creación, por supuesto, ha aflorado otra, de menos vuelo estético, que ha cultivado una cierta literatura "del período especial", poblada de jineteras, dificultades económicas, balseros y renegados, que atiende más al pulso de la moda que de lo permanente y que por lo general pone de relieve el juicio ideológico - ahora de signo contrario al recurrido en los 70- sin que medie muchas veces el necesario tratamiento artístico de los contenidos. 

Por otra parte, la extensa y profunda tradición poética cubana, de sostenida calidad durante casi dos siglos - de José María Heredia a la fecha- ha mantenido sus niveles de excelencia pero, alejada del arte afirmativo y de consignas que la permearon en una época, ha optado en los últimos años por un examen casi sostenido de la relación del individuo con su contexto, en valoraciones éticas de indiscutible trascendencia y desde un tono intimista que se cultiva a partir de la pasada década. 

Sin embargo, no deja de ser un hecho contradictorio que un género como la novela (el más cultivado y consumido internacionalmente y el que mejor aceptación tiene por las editoriales de la lengua), se haya visto rezagado en su desarrollo dentro de Cuba. Cierto es que muchos de los autores que radican en el exterior han publicado varias novelas en estos años y algunos con más éxito del que la calidad de los textos hacía presumir. Pero, sea como sea, ahí están las novelas de Jesús Díaz - La piel y la máscara -, Zoe Valdés - La nada cotidiana -, Joaquín BaqueroMalecón -, Eliseo Alberto Diego - La eternidad comienza un lunes -, y las de Manuel Pereira, Iglesias Kennedy y otros entre los que, tensando la cuerda de las pertenencias culturales, podrían incluirse también autores llamados cubano-americanos como Oscar Hijuelos y Cristina García, entre los de más reconocimiento internacional. 

Dentro de la isla, mientras tanto, son contadas las novelas que hayan tenido una resonancia en los últimos tiempos. Además, ocurre que en géneros específicos como la ciencia ficción -tan productivo en los 80- muy poco se ha publicado luego de la salida de Cuba de algunos de sus figuras más activas - Daína Chaviano, Chely Lima, Alberto Serret, Antonio Orlando Rodríguez -, mientras que en el policiaco, que inundó librerías durante los 70 y los 80 -a pesar de la calidad lamentable de la mayoría de sus muestras -, poco nuevo se ha producido en este período reciente. 

Un sector de la literatura a veces olvidado por los críticos es el de la dramaturgia, que en Cuba, sin embargo, tuvo una importante presencia editorial. Ahora, cuando esa relación texto-edición también se ha visto deteriorada (al punto de desaparecer casi por completo), la escritura teatral ha tenido una importante evolución que sólo es perceptible a través de los espectáculos para los que ha sido concebida. No obstante, la calidad literaria de dramaturgos como Abelardo Estorino, Abilio Estévez o Alberto Pedro, dueños de tres estéticas diferentes pero que a su vez se complementan - y que van de la visión poética de la realidad al realismo más descarnado -, permiten hablar de una saludable dramaturgia que, ya en el plano del espectáculo teatral, ha optado por un vanguardismo experimental a ultranza, muchas veces crítico y otras francamente vacío. 

JÓVENES Y POSTMODERNOS 

Es también una tradición en Cuba la necesidad de reafirmación generacional. Con frecuencia, por ello, se oye hablar de nuevos escritores que, aún siendo nuevos, ven llegar a unos autores que son "novísimos" o, incluso a "ultranovísimos", como si la edad fuera el signo distintivo posible y más importante en una evolución estética. 

Ahora bien, lo que parece indudable es que en los años de crisis que marcan la primera mitad de los 90 se produjo un importante relevo generacional que tiene evidentes connotaciones de cambio estético -lo cual se hace especialmente visible en la narrativa. 

Los autores que emergieron en los 80 y protagonizaron una reacción contra la literatura anterior (excesivamente politizada y francamente maniqueísta), se distinguían, entre otras características, por una preocupación técnica hacia los recursos dramáticos empleados en sus textos, por la creación de personajes creíbles y aferrados a sus circunstancias y por el establecimiento de códigos generalmente realistas, en busca de una clarificación de condiciones vitales que los afectaban como artistas y como personas. No es casual, entonces, que muchos de ellos escribieran, preferentemente, sobre personajes jóvenes o adolescentes - Senel Paz, Arturo Arango, José Ramón Fajardo, Luis Manuel García, etc.-, que buscan su lugar en el mundo, que no es otro que el propio lugar de estos entonces jóvenes escritores. 

Estos autores que emergen en los 80, maduran en la década del 90 y comienzan a hacerse notables incluso fuera de la isla - con esa misma estética, profundizada en su relación con los referentes reales por la ganancia de espacios antes mencionada -, son seguidos, sin embargo, por una promoción más joven que se impone la ruptura como sistema, el postmodernismo como estética y la herejía como perspectiva política. 

Hijos de la crisis económica, de la caída del socialismo real, de la pérdida de valores sociales y morales, del desengaño que trajeron ciertos acontecimientos históricos - las Causas 1 y 2 del 89, por ejemplo, que concluyeron con fusilamientos, destituciones y purgas en los cuerpos armados cubanos -, estos nuevos o novísimos escritores han optado por una literatura que parece depender sólo de sí misma - referentes textuales- y que va dirigida, muchas veces, sólo a sí misma, en tanto que experimento artístico de cierto carácter circular. 

De ahí que en sus obras se advierta una aparente vocación evasiva, con la cual tratan de desentenderse de la realidad circundante o que, cuando es reflejada, se hace por caminos simbólicos para asumirla con criterios alejados del realismo tradicional. No es casual, por ello, que abunden los mundos míticos y cerrados, las búsquedas en los universos de la cultura, la recreación de textos previos más que la indagación en la realidad. Pero justo es anotar, también, que esta postura no es más que una clara reacción contra el reflejo realista predominante durante décadas en la literatura nacional y hacia el cual estos jóvenes autores, más conectados con las tendencias postmodernas internacionales -a las cuales quieren afiliarse a cualquier precio-, no parecen sentir ninguna afinidad. 

Esta tendencia, sin embargo, no es la única entre estos jóvenes que se asumen a sí mismos como herejes políticos y postmodernos estéticos, pues hay otros de ellos que sí se interesan por el tratamiento directo de la realidad, pero lo hacen con dosis críticas altamente explosivas, en la mayoría de los casos. 

En cualquiera de las dos tendencias, la relación problemática de estos jóvenes con una realidad que ha cambiado y en la cual no encuentran el sitio al que ellos parecían aspirar (o al que se les inculcó que debían aspirar), marca sus afinidades estéticas, temáticas e ideológicas, que se caracterizan más por la ruptura con la obra de sus predecesores que en la continuidad epigonal. 

Lamentablemente, la circulación y conocimiento de estos escritores es, en estos momentos, parcial y muy incompleta, precisamente a causa de la crisis poligráfica que todavía persiste. Proyectos editoriales como la colección Pinos Nuevos, que se ha mantenido por varias ediciones, han permitido la publicación de algunos de ellos, en los brevísimos volúmenes que caracterizan a la colección, pero que en las cantidades muy limitadas de ejemplares que se imprimen, dificultan su circulación y su relación con los lectores. 

BALANCE POSIBLE

Así, en medio de un evidente relevo generacional, atravesando una larga crisis de producción industrial que ha reducido la cantidad de títulos y ejemplares, dispersa y alterada por una diáspora que cada día suma más nombres, la literatura cubana se acerca al fin de siglo. Estéticamente, sin embargo, sus características de diversidad y polifonía - artística, técnica, e incluso ideológica- abren un abanico de opciones realmente notable, que se complementa con la pluralidad de búsquedas -en la memoria o en la contemporaneidad, en la cultura o en la realidad más chata- que dan una apariencia de vitalidad a la literatura cubana a pesar de la desinformación y la tardía edición de muchas obras. Lo convulso de este fin de siglo para la sociedad cubana parece tener una viva correspondencia en su creación literaria que, a pesar de todas las crisis y dispersiones, ha crecido en estos años como si los tiempos difíciles fueran, en verdad, los mejores para el arte. 

LITERATURA A FAVOR O EN CONTRA... 

La literatura cubana de los últimos 35 años ha sufrido, como ningún otro sistema artístico del ámbito occidental, el estigma de la ideologización. Una apreciación enconadamente ideológica, erigida como medida valorativa fundamental, ha tratado de reducir, a lo largo de este período, el espectro de la literatura de la isla a través de la categorización política más simplista o simplificante de los procesos estéticos y los resultados artísticos. 

Si bien es cierto que en ocasiones los juicios más serios emitidos sobre esta producción literaria se han preocupado por trascender el plano de su posible y más evidente filiación política, resulta sencillamente asombrosa la mantenida insistencia por definir la creación de los escritores cubanos a partir de una supuesta (y para algunos hasta necesaria) manifestación político-literaria "a favor de" o "en contra de", sin importar, al lanzar estas definiciones distintivas, los verdaderos y más ocultos valores de la obra artística, la evolución interna de esta literatura y mucho menos las intenciones personales de sus creadores. Con tales valoraciones, como es lógico concluir, no se está haciendo más que extrapolar al plano de los procesos estéticos lo que ha sido la disyuntiva política del país luego del 1 de enero de 1959. 

La polarización política que se produjo en el ya lejano inicio de este período obligó a los escritores y artistas cubanos a una necesaria toma de partido: mientras en Cuba se estatuía como precepto de toda una política cultural la frase de Fidel Castro "Con la revolución todo, contra la revolución nada", fuera de la isla los escritores y artistas que entonces emigraron parecieron concordar en que su lema era "Contra la revolución todo, con la revolución nada". Así se engendraba un antagonismo de puro valor ideológico que las esferas políticas internas y externas trataron de asumir como esencia estética de la creación de los escritores cubanos. 

Pero el esquema ideologizante se resiente cuando trata de aplicarse a los casos individuales. Fuera de Cuba tal vez el más notable ejemplo de esta "incongruencia" sea el del gran poeta Gastón Baquero, radicado en España desde 1959, antiguo redactor-jefe del anticomunista Diario de la Marina, y hoy por hoy una de las grandes voces líricas de la lengua española, quien a pesar de su decisión política (abandonar la isla) ha mantenido su obra poética posterior alejada de la contaminación ideológica expresa de su opción antisocialista, que sí ha hecho manifiesta en más de un artículo periodístico. Mientras, en el interior del país, autores como José Lezama Lima o Virgilio Piñera mantuvieron casi inalterados sus tradicionales credos estéticos, lo que provocó, durante un largo período, suspicacias y hasta acusaciones de diversa índole sobre la "pureza" y "validez" ideológica de su literatura, porque ésta evadía el compromiso político evidente y necesario en "un escritor del socialismo", aun cuando -al igual que Baquero, pero en otro sentido- escribieron textos periodísticos de fervoroso entusiasmo revolucionario, en especial Lezama, que durante los años 60 ocupó incluso cargos en importantes instituciones culturales del país. 

Ahora bien, como la lucha ideológica alrededor del proyecto cubano lejos de apaciguarse no ha hecho más que incrementarse, el hijo bastardo de ese enfrentamiento de ideas sociales -el arte- ha sido asumido, también de parte y parte, con una notable dureza de enfoques políticos matizados por la intransigencia ideológica. ¿Un ejemplo? En su reciente libro Mea Cuba el gran narrador cubano Guillermo Cabrera Infante hace la manifiesta división de los escritores cubanos en castristas y anticastristas y, con sus simpatías políticas, deja correr sus juicios estéticos favorables o condenatorios... ¿Otro? Las editoriales, revistas y estudios académicos cubanos ignoraron durante larguísimos años a los autores "disidentes", pues se les consideraba, antes que escritores, enemigos ideológicos del régimen, cuya memoria y labor había que olvidar hasta hacerla desaparecer y, por tanto, se les retiraba el derecho de pertenecer a la literatura nacional, incluso en la escala mínima de los diccionarios académicos... 

Sin embargo, en honor a la verdad, es justo reconocer que el proceso de valoración ideológica de la literatura ha atravesado diversos momentos en la Cuba revolucionaria: desde períodos que van del matrimonio feliz entre los artistas y el poder, típico de los años 60, al período de una férrea perspectiva ideológica de los procesos culturales, hasta el arribo de una etapa de mayor comprensión de las necesidades expresivas de los artistas, como la alcanzada a partir de los años 80 y patente en muchísimos textos narrativos, poéticos y dramáticos, filmes y productos plásticos y en la flexibilidad incipiente de las editoriales y revistas cubanas respecto a la publicación de obras de "los que se fueron". 

No obstante, fuera del país (y en muy diversos medios, incluso los aparentemente más alejados de este contrapunto ideológico cubano) lo más común ha sido que la apreciación de las cualidades del arte de la isla se haya mantenido casi inalterable, y aún a estas alturas se considera con frecuencia que la literatura cubana se mueve entre la reafirmación (revolucionaria) y la negación (contrarrevolucionaria) sin otros matices que considerar: se milita o se disiente, sin considerar que en la obra artística de cada uno de esos autores hay tantos grados de matiz ideológico y, sobre todo, estético, que hacen imposible tal simplificación desde una perspectiva política. 

Fuera de Cuba la magnitud de esta polarización tiene un reflejo más que evidente en el acceso de los autores cubanos "disidentes" o "problemáticos" a ciertos circuitos editoriales que, en cambio, son prácticamente inaccesibles para los que viven y escriben en el país. En este fenómeno, por supuesto, no entran a decidir las valoraciones de calidad estética que deberían primar en cualquier proyecto editorial. 

Ahora bien, el proceso más interesante de superación de los esquemas políticos trasladados a la obra literaria se ha producido en la isla a partir de la década del 80, en especial gracias a la labor de una nueva generación o promoción de autores que llegan a la literatura en estos años y traen con su labor una preocupación que los distingue: colocar a la obra artística en el campo de los deberes estéticos y alejarla, todo cuanto sea posible, de la contaminación política inmediata y oportunista. 

Varios fueron los síntomas que evidenciaron el cambio de cualidades de la literatura cubana a partir de los 80 y que hicieron totalmente obsoleta la vieja división ideológica esquematizante. Por ejemplo, rápidamente se hizo notable cómo en la poesía se reaccionaba contra la comunicación directa del llamado "conversacionalismo" y se trataban temas más trascendentes (o más trascendentalistas) desde una perspectiva donde el yo del poeta volvía a ocupar un nivel protagónico, mientras se interrogaba una realidad desde una postura que propendía a la participación más que a la fácil reafirmación. 

Mientras, en la narrativa aparecían nuevos personajes y se comenzaba a escribir sobre "zonas oscuras" de la realidad y se proponía, en fin, una imagen polisémica, contradictoria, multiforme de la vida cubana contemporánea, totalmente diversa de la patentada en años anteriores. 

En general, los autores vivos y actuantes en la literatura cubana de la isla, por encima de esquemáticos "a favor de" o "en contra de", se han lanzado a la más profunda y necesaria reflexión de su circunstancia desde una perspectiva que sí le es propia a la literatura: su necesidad de enjuiciamiento crítico de la realidad, su intención de testimoniar artísticamente la cotidianeidad del país y su vocación participativa, desde presupuestos estéticos, en la dificilísima vida diaria que comparten con varios millones de cubanos. 

No obstante, resulta imprescindible decir, a estas alturas, que los espacios críticos y reflexivos en los que se mueve esta nueva literatura cubana no han sido obra de un generoso decreto sobre la función de una literatura: más que han sido espacios de silencio ganados a la esquematización burocrática, a códigos de censura y autocensura no escritos pero actuantes, a la apreciación politizante del arte y al oportunismo ideologizante que han sufrido con alevosa insistencia y que ciertamente alentó la producción de un arte afirmativo y "sinflictivo" y siempre miró con sobradas reservas -y censuró, cuando pudo hacerlo- un proyecto artístico esencialmente crítico y enjuiciativo. Pero obra a obra los escritores cubanos, en tanto que ciudadanos inmersos en un proceso social difícil y multifacético, han ido reclamando y recuperando ese derecho a la crítica y a la reflexión, a ubicar su luz en zonas oscuras para darle su imagen peculiar a la creación: la imagen de una literatura que, aun refiriéndose a una realidad altamente politizada en cada uno de sus actos y acontecimientos, ha sabido recuperar sus verdaderas capacidades artísticas y misiones sociales, para valer, ante todo, como productos estéticos antes que como piezas de servicio político inmediato... 

Inter Press Service


 
 
 
 
 
 
 
 
 
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