El País Digital 
Miércoles  
17 marzo  
1999 - Nº 1048 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

OPINIÓN 
Cabecera

 

 

 

 

 

 

Disidentes  
EDUARDO HARO TECGLEN 

Disentir es un acto no solamente noble para quien lo ejerce, a veces con riesgo grave, sino una postura necesaria en cualquier organización de la sociedad: podemos complacernos de que la condena a los disidentes cubanos haya sido leve y pueda, incluso, franquearles una libertad provisional, pero la razón era suya (fuera cual fuera su doctrina: su razón, su derecho de disentir) y cualquier condena es injusta y se vuelve contra quien los encarcela y juzga. Sólo algunos gobiernos y todas las iglesias mantienen la verdad como un absoluto, y la frase bárbara de monseñor Carles, "una cosa es la realidad y otra es la verdad", muestra esa filosofía: puede todo mejorar o empeorar, pero no hay más que una verdad a la que hay que servir, y ésa es la suya. Podía haberla dicho Fidel Castro; de hecho, la dice. La conquista mental más notable de este siglo es la de la desaparición de la verdad: de los dogmas, de los axiomas. Todos somos disidentes: todos debemos creer en lo contrario de todo, incluso de lo que creemos, y así ayudaremos a que el orden no sea único, ni la ley absoluta. Yo dudo incluso de la realidad, desde la idea de que es tan compleja y tan casual que no se puede definir. "Dos y dos son cuatro hasta nueva orden", decía uno de los grandes disidentes de nuestro tiempo, Einstein. Y ya la palabra "orden" me parece poco digna de él. 
 
 

La grandeza de Fidel Castro fue la de ser disidente, y la de alzarse contra el orden absoluto, lo indiscutible, lo dictado: lo que se afirmaba a sí mismo con el silencio y la muerte. La servidumbre de Castro es la de haber formado parte, después, del vicio del poder: no permitir la disidencia. Se le fueron por esa vía no sólo los damnificados por la revolución -el enemigo-, sino muchos compañeros revolucionarios: se marcharon o se suicidaron. Ha petrificado su régimen. Sabemos que a esta petrificación se llega por la fuerza del enemigo, como pasó en Rusia a partir de los bloqueos, las líneas defensivas, los cuerpos expedicionarios: el régimen se convirtió en una fortaleza y sus habitantes en unos soldados disciplinados. Sin embargo, Castro no analizó ese ejemplo. O no pudo hacerlo nunca. Quizá los chinos están, con otra medida del tiempo, aceptando las disidencias. Pero también son un ejemplo de cómo se destruye un ideal: convirtiéndolo en aquello contra lo que luchó. 

 
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