El País Digital
Domingo 
14 noviembre 
1999 - Nº 1290

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OPINIÓN
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En La Habana 

LOS REYES de España ponen hoy pie en la última tierra iberoamericana que les quedaba por pisar: Cuba. Su presencia en el marco multilateral de la IX Cumbre Iberoamericana va a convertirse en esa visita casi de Estado que no han podido realizar con anterioridad, fundamentalmente porque Castro no la ha propiciado y el Gobierno de Aznar ha cometido errores en su política con Cuba que el dictador cubano ha sabido aprovechar. Pero, en su significado, la presencia de los Reyes en La Habana va más allá de tal o cual Gobierno y de un castrismo que un día no lejano se derrumbará como un castillo de naipes. Es un nuevo encuentro entre tierras tan afines y con tantos vínculos humanos como España y Cuba.
 
 

Con sus declaraciones previas y la detención de disidentes, Castro ha estado insolente, incluso insultante, a pesar de ser un anfitrión que recibe a huéspedes que venían esforzándose desde hace años para que esta cumbre se celebrase en La Habana. Castro no ha contribuido a crear un buen ambiente para esta reunión. Tal vez el astuto dictador caribeño pretenda así desactivar eventuales protestas durante la cumbre. Una vez que comience, es previsible que agasaje a sus huéspedes, y en particular al Rey, pero también que aproveche esa plataforma para reafirmarse en sus trasnochadas convicciones; y en su poder.
 
 

Castro y su régimen se han quedado anclados en un pasado que ha desaparecido. Llegaron al grito de "Los de arriba, abajo; los de abajo, arriba, y los de en medio, al carajo". Pero el sistema y su comandante se han quedado petrificados, ajenos a la evidencia de que el mundo ha entrado, tras la caída del muro, en una nueva era. De no ser una isla cuyo aislamiento se ha visto reforzado por el absurdo embargo comercial de EE UU -que ahora Clinton se plantea suavizar- y de otras medidas penalizadoras, el vendaval que derribó el muro podría haber acabado con el castrismo.
 
 

Pero no. Diez años después, el régimen se ha recuperado. Incluso la economía, en un país en el que la prioridad de cada uno es buscarse la vida, ha recobrado cierta vitalidad. El castrismo, con su antinordismo, la resistencia de un pequeño frente al gigante estadounidense, sigue gozando de fuertes simpatías en buena parte de América Latina, a pesar de ser un régimen opresor. Pero el castrismo difícilmente sobrevivirá a su fundador, y de esa constatación debe partir cualquier política. Es lo que Aznar no entendió cuando pretendió cortar con la Cuba de Castro para luego convertirse en el más ardiente defensor de la celebración de esta cumbre en La Habana.
 
 

Poco a poco, estas cumbres, aunque no tomen decisiones operativas, van entrando en los temas esenciales, e incluso van a ganar cierta continuidad, estructura y memoria histórica con la creación de una Secretaría de Cooperación Iberoamericana, previsiblemente con sede en Madrid. Se van sustentando sobre nuevas realidades, desde el crecimiento de Internet y la importancia que ha de tomar el español en la nueva comunicación hasta el hecho de que España sea ahora el primer inversor en América Latina. Que cinco jefes de Estado no acudan a La Habana no deslucirá la ocasión. Se trata de tres presidentes enemistados con Castro -los de Nicaragua, El Salvador y Costa Rica- y otros dos en funciones, los de Argentina y Chile, en protesta por la posición española en el caso Pinochet.
 
 

La cumbre debe hacer un llamamiento para que las instituciones internacionales frenen la especulación financiera, uno de los males principales de la globalización. La economía y sus efectos sociales son cuestión adecuada para tratar en este foro iberoamericano, dado que América Latina es el continente con mayor desigualdad social, además de corrupción, lo que produce aventurerismos como el de Chávez, por muy "educable" que les parezca a algunos.
 
 

¿Contribuirá esta cumbre a la evolución de Cuba? Probablemente poco, como poco ha contribuido a abrir espacios de libertad -salvo alguno, angosto, para la propia Iglesia católica- la histórica visita del Papa en enero de 1998. Todos estos movimientos deben ser vistos desde la altura de la preparación del poscastrismo y de la necesidad de tener que tratar entretanto con Castro, lo que no impide que los mandatarios presentes aprovechen la ocasión para demostrar -como está previsto que lo haga Aznar- un apoyo a los disidentes, palabra que casi había caído en el olvido tras la caída del comunismo en Europa del Este. Aunque esta IX Cumbre Iberoamericana no es sólo Castro, es sobre todo Castro. Pues esta vez lo importante es que los asistentes se reúnan en La Habana, hablen de Cuba y con los cubanos. Con todos. 

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